Hay lectores que me han preguntado si la foto de la barca (de la entrada anterior) es mía; lo es, sí, pero no soy yo, es mi hermano quien aparece, a sus 16 años. Dejo otra aquí de él, ya mayor, junto a una amiga. Mi hermano murió a los 41 años.
El Palo 2, sí, fue cuando regresé de Capileira y fui a visitar a mi hermano. Era una visita más, para hablar de nuestras respectivas vacaciones. Lo encontré muy desmejorado y al preguntarle si se encontraba bien supe que iba a morir. Recuerdo que estábamos ante una mesa llena de papeles, informes, diagnósticos que no dejaban duda del linfoma que repentinamente le había surgido y del poco tiempo que le daban de vida. Como última esperanza quedaba la intervención quirúrgica, pero el diagnóstico era de fase terminal. (Después fue abrir-cerrar-morir). Esa misma tarde me hizo un regalo, me dio su palo de montañero que hubo adquirido años atrás durante unas vacaciones en Santander. Él sabía que siempre me gustó. –“Ya sabes –decía mientras me lo entregaba- que darte este palo es mucho para mí”… y sonreía. Me dijo que semanas antes había querido marchar a Capileira para pasar unos días a solas conmigo, viaje al que su mujer se opuso rotundamente. (Pensé-entonces- que con buen criterio). Y ya no pude contarle lo que me había sucedido en Capileira, en donde encontré abandonado en mitad de la montaña aquel otro palo, similar al que me entregó. ¿Cómo decírselo en aquellos momentos más que dolorosos? ¡Qué más daba! El dolor se desencadenó de tal manera que fue conformando mi vida posterior. No hay duelo ni consuelo, hay palos de ciego, y de montañero que ayudan a subir o bajar… con el consiguiente esfuerzo y conociendo que ese es nuestro deber. Porque así lo quiere Dios.




